jueves, 17 de febrero de 2011

Amanece un cielo lloroso en una ciudad que corre. Que corre para llegar a tiempo al instituto, a la universidad o al trabajo. Corre para no perder el metro que le corresponde. Corre y se pierde. Quizás corre para no mojarse más de la cuenta. Para no darse cuenta que solo hay prisa y rutina, y no vida. Para no chocarse con la realidad ante sus ojos, para no mirar a la vida de frente, para no afrontar lo que duele. Llora y moja los corazones de quienes corren. Una ciudad que se vuelve un mar, pero no de lluvia sino de sinsentidos, de vidas vacías, de corazones rotos. De prisas y rutina. La rutina les atropella para que tengan prisa. Y para que solo en eso consista su vida. Y que no tengan tiempo de pararse, respirar, observar, sonreír, llorar, sentir y vivir.
Amalia ha salido de casa cinco minutos antes de que llegue el tren a la estación, y como siempre la prisa le entra al cerrar la puerta y corre, corre para llegar a tiempo y no perder el tren que le lleva a la muerte. A la muerte disfrazada de rutina. Y con tanta prisa, con tanta rapidez, siempre acaba montada en el mismo asiento, en el mismo instante. Con las mismas personas alrededor, aunque de esto nunca se ha percatado. Nunca tiene tiempo de mirarlos.
Pero yo sí, yo si que tengo tiempo de mirarle. Y observar como abre su agenda donde escribe, escribe yo que sé. Seguramente algo del trabajo, no como yo, que escribo sobre ella. Veo como mira su reloj cada minuto, cronometrando cada segundo que pasa. Nunca mira hacía arriba, nunca mira quien se sienta al lado, quien se sube al tren, ni lo que se puede estar perdiendo por no mirar a fuera, por no mirar a la vida. Solo mira a su agenda, a lo que escribe, y al reloj. Rutina y prisas. Eso es ella. Al menos eso es lo que parece, pero yo… yo creo que es mucho más que eso. Porque aunque nunca me deja mirarle a los ojos, porque me aparta la vista sin percatarse, su mirada me trasmite algo especial, pero está triste. Tiene más tristeza dentro de lo que yo nunca he sido capaz de observar ante mis ojos. Está vacía, su mirada esta completamente vacía. Y me pide ayuda a gritos. Y por eso estoy aquí, por eso desde que la vi, cojo este mismo tren que no me lleva a ninguna parte y la observo, la observo por si un día le da por mirarme, o por si algún día viene con la mirada cambiada y con la sonrisa puesta. Pero eso no pasa… no, nunca. Ella siempre viene igual, de la misma forma, con la misma cara de tristeza y la misma mirada vacía, que pide una ayuda que ella es incapaz de aceptar. Y más de un desconocido. O… de un demasiado conocido.
Mientras se da cuenta de que estoy aquí, aunque pasen ocho meses más, yo seguiré en este asiento, esperándola. Esperando… me. Porque cuando ella se perdió, me perdí yo también. Porque cuando ella se dejo arrastrar por la vida, me arrastro a mi con ella.

4 comentarios:

maduixeta dijo...

Me gusta esta historia inventada. Transmite prisa y soledad.
Te sigo.
Un beso

La Arpía Milenaria dijo...

Me subo a este tren y tomo asiento .. con ella/contigo. Este paisaje me acuna.Un descubrimiento nada rutinario.

Hey, Veró.o ! dijo...

Calcaste la realñidad de una forma tan bella y triste, palm que me harás llorar.
Miles de abrazos
Veró

Nicca A.M dijo...

Y es que algún día toda esa rutina y esa prisa cambiará, y mirará a su lado. Confio en ello.
Un mimín ^.^